sábado, 16 de abril de 2011

La radioactividad en nuestra vida

El ser humano está expuesto de forma continua a radiación procedente de numerosas fuentes, tanto naturales como artificiales. El Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) estima que alrededor de un 70% de la exposición media total a la radiación por parte de la población española se debe a radiación natural, cuyas fuentes pueden dividirse en externas e internas. Entre las externas destacan la radiación provocada por los rayos cósmicos y los rayos gamma emitidos por los materiales radiactivos naturales de la tierra y gases como el Radón.

La radiación recibida por vías internas depende del hábitat de cada individuo y de los alimentos y bebidas que consume. Estos últimos suponen un 8,7% de esa radiación. De este 8,7%, más de la mitad (60%) procede del Potasio 40, principal fuente de radiación interna que se introduce a través de los alimentos. El resto de la radiación depende del propio hábitat.

En cuanto a las fuentes artificiales, destacan los usos médicos, ciertos hábitos de vida (como viajes en avión), actividades industriales que implican utilización de radiaciones ionizantes, las pruebas nucleares y la industria nuclear. Los accidentes nucleares que liberan radiactividad al medio son situaciones de alto riesgo que generan contaminación por partículas radiactivas tanto en el aire, porque se desplazan en nubes tóxicas, como en el suelo, porque se depositan en él, en el agua y en los seres vivos y persisten en el medio ambiente durante años. Los estudios realizados hasta el momento demuestran cómo la población media de España está expuesta a niveles de radiación muy por debajo de los límites de seguridad.
Cadena de radiocontaminación

La entrada de los radionucleidos en los alimentos se produce por adsorción desde el suelo o por su deposición en las plantas desde la atmósfera. Después, pueden llegar a las personas por consumo directo de estos vegetales o bien de animales o sus derivados, como la leche, que se han alimentado con pastos o piensos contaminados. A este proceso se le denomina cadena de radiocontaminación. Aunque la dosis ingerida sea muy baja, la contaminación radiactiva tiene alto interés toxicológico debido a que el cuerpo humano carece de mecanismos de descontaminación. Además, algunos radionucleidos cuentan con afinidad por ciertos tejidos, de manera que se acumulan progresivamente en ellos.

Algunos elementos radiactivos se desintegran en periodos cortos, por lo que suponen un peligro en casos puntuales de accidentes, mientras que otros de vida media o larga se mantienen en el entorno largos periodos de tiempo y se convierten en contaminantes permanentes. Exposiciones intensas o continuadas a radiactividad se relacionan con el desarrollo de enfermedades degenerativas celulares como el cáncer. El objetivo de la vigilancia de radionucleidos a través del estudio de la dieta es disponer de datos sobre su ingesta real en el tiempo y contar con una herramienta que facilite la evaluación de riesgos en situaciones específicas.
Un caso particular

La relación entre alimentos y contaminación radiactiva recuerda el accidente ocurrido en Chernóbil en 1986. Lo único positivo que se puede extraer de esa catástrofe nuclear es la experiencia. Tras el accidente, la Unión Europea estableció límites en los niveles de radiactividad para alimentos y adoptó medidas legales de control y muestreo, sobre todo, en la importación de países terceros, unas acciones que se han revisado y se han actualizado a lo largo de los años. En países como España se registran otro tipo de parámetros de referencia que implican unas limitaciones de ingesta de cada uno de los radioisótopos y que se denominan "límites de incorporación anual por ingestión".

Aunque ya se han cumplido 25 años desde el incidente de Chernóbil, las autoridades sanitarias europeas advierten de que ciertos elementos radiactivos (Cesio 134, 137) pueden permanecer en algunos alimentos de origen silvestre como setas, bayas, animales de caza y peces carnívoros de agua dulce, por lo que recomiendan intensificar su control.
Pastillas de yodo, siempre por prescripción facultativa

Las pastillas de yoduro potásico tienen como misión evitar que el yodo radiactivo, una de las partículas contaminantes de los alimentos afectados por radiactividad, se introduzca en la glándula tiroides y afecte a ésta de forma negativa. Sin embargo, esta pastilla, que debe tomarse siempre con prescripción médica, no evita en ningún caso el contacto y entrada del yodo radiactivo en otras partes del organismo, ni sus efectos en distintas partes del cuerpo. Tampoco revierte los daños causados en la tiroides por yodo radiactivo ni los ya originados en otros órganos.

Por último, no protege de los efectos de otros elementos radiactivos que no sean yodo, debido a que el mecanismo de protección es evitar que el organismo asimile yodo externo, en este caso radiactivo, porque tiene a su disposición el ingerido a través de las pastillas. Por tanto, resulta inútil intentar protegerse de una eventual contaminación radiactiva a través de este tratamiento sin recomendación médica, además de ser posible que su ingestión desencadene alergias y serios efectos secundarios.

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